Explorando la Vida y Obra de Mario Carreño: Un Puente entre el Caribe y Chile

 

Hace unos días, navegando por Instagram, me encontré con un post de la cuenta que sigo @arteyculturags que hablaba sobre “Las pinturas latinoamericanas más caras vendidas en subastas”.
Como artista, de inmediato me llamó la atención. Comencé a navegar por este post, leyendo cada una de las tarjetas de las obras que se habían subastado. Hasta llegar a una obra llamada “Danza Afrocubana” (1943) del artista cubano nacionalizado chileno Mario Carreño.

“Danza Afrocubana” (1943)

Una obra llena de color y gran simbolismo. Debo confesar que la obra me pareció sorprendente. Al instante, comencé a buscar más obras de este artista para deleitarme con ellas.
Al buscar en Google: “Mario Carreño pintor”, quedé estupefacto al ver una obra que siempre nos ha acompañado a los chilenos: “Mascarón de proa”. Una obra ilustrada en la literatura de Pablo Neruda (poeta universal de fama mundial y premio Nobel de Literatura).
A la cual, estando en Chile, antes de dedicarme al arte, nunca le presté atención como se lo merecía, y hoy la redescubro como si fuera la primera vez ante mis ojos.
Por eso, hoy quiero compartir contigo su historia y su obra.
 

 

“Mascarón de proa”

Mario Carreño: un puente entre dos mundos que hoy me sorprende.

Desde que comencé a pintar, hay artistas que me han sorprendido. Uno de ellos es Mario Carreño, un creador que supo navegar entre el Caribe y el sur del mundo, entre la figura y la abstracción, entre lo ritual y lo moderno

De La Habana al mundo

Mario Carreño nació en La Habana en 1913. Muy joven, se sumergió en el mundo del arte en la Academia de San Alejandro. Pero su mirada iba más allá de su isla natal. Viajó a Madrid y luego a París, donde bebió del cubismo, del surrealismo, del arte africano y del ambiente vanguardista que respiraba Europa en esos años. Imagino a Carreño enfrentándose a lo nuevo con el alma abierta, como todo gran artista que no teme la transformación.

En Cuba, su obra ya era una fusión poderosa: cuerpos monumentales, colores tropicales, ritmos afrocubanos, todo bajo una luz de crítica social y celebración cultural. Me emociona pensar en ese Carreño explorador de identidades, construyendo un lenguaje visual propio en medio del caos y la belleza del Caribe.

Chile: tierra de reinvención

En 1943, Carreño llegó a Chile, país que más tarde lo acogería como ciudadano. Fue aquí donde su obra encontró nuevas formas de expresión. Se dejó llevar por la abstracción, por la geometría, por la síntesis de color y forma. Pero incluso en esa aparente racionalidad, su pintura nunca perdió el pulso poético, ese algo invisible que vibra entre los planos y las líneas.


 Durante décadas, desarrolló en Chile una etapa madura, profunda, donde el arte se volvió más que un reflejo: era construcción simbólica, era memoria codificada. Siento que su tránsito entre estilos no fue ruptura, sino evolución orgánica, como la vida misma.

 

“Los computadores de la noche” (1972)

 Lo que más me conmueve de Mario Carreño es su capacidad de integrar mundos. Él no eligió entre lo popular y lo culto, entre lo figurativo y lo abstracto. Lo abrazó todo. Y en ese gesto totalizador encuentro una lección para mí como artista: no se trata de definir un estilo, sino de escuchar las voces que nos habitan y dejarlas hablar.

Carreño murió en Santiago en 1999, pero su obra sigue latiendo. Yo lo siento como una presencia viva. Porque si algo me enseña su trayectoria es que el arte es viaje, es transformación, y la búsqueda de tu propio camino.

Gracias, Mario.

Hoy Mario se presenta ante mi como una gran Inspiración, donde la intuición, el gesto y la memoria se encuentran, como lo hicieron en la vida de Carreño.

Deja un comentario contándome que te pareció la historia de este gran Arista.

Rafandré Art

@rafandre.art  

 


 

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